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En el blog trataremos temas de educación y crianza, con la ayuda de profesionales del sector.

¿Por qué está mal visto castigar?

Cuestionarse, ser cuestionado, plantearse y replantearse, leer artículos y libros, conversar, comparar, interrogar, ¡hasta ver documentales y reportajes! Es típico poner en duda lo que uno está haciendo como padre y llegar a la conclusión de que lo estamos haciendo mal.

Conozco el caso de un pediatra que les dijo a unos padres: Miren, si le toleran todo y son demasiado flexibles, de mayor les dirá “papás, ¿por qué me malcriasteis tanto?”, mientras que si son muy estrictos e intransigentes, de mayor les dirá “¿por qué fuisteis tan duros conmigo?”, así que hagan lo que buenamente puedan, y déjense guiar por su sentido común.

Pues bien: lejos de seguir este consejo, últimamente algunos ponen los castigos en tela de juicio. En este artículo vamos a tratar qué son y para qué sirven, con la intención de dar seguridad, resolver algunas dudas y reforzar el sentido común y la intuición.

  • Es imprescindible saber por qué se castiga. El castigo no es un fin en sí mismo. Persigue algo. Si no tenemos claro el objetivo que perseguimos, ¿para qué castigamos?

  • ¿Queremos que el niño aprenda algo o queremos que una conducta indeseada no se repita? ¿Castigamos por su bien o por nuestro enfado? Si somos capaces de hacernos estas preguntas y tenerlas en cuenta antes de aplicar un castigo, probablemente castigaremos muy poco,  fácilmente lograremos una respuesta hacia el niño adecuada y proporcionada, en lugar de una respuesta incoherente que no viene a cuento, que genere  al niño desorientación, malestar y sentimiento de culpa, que es lo que se le ha venido reprochando al castigo últimamente.

  • El castigo para aprender, durante la primera infancia no tiene mucho sentido. La naturaleza misma ya proporciona los aprendizajes necesarios durante esta etapa del desarrollo: si no miras por donde andas te caes, el fuego quema, el cuchillo corta. Estímulo-respuesta.

  • El castigo para que una conducta no se repita tiene que ser claro y conciso, correspondiente a la edad del niño y estar vinculado con la conducta a corregir. Para ello, debemos plantearnos el motivo de este comportamiento indeseado. Si el niño empieza a cambiar la actitud solo por miedo o para evitar el castigo, les damos puntos y con razón a los que rechazan los castigos.  ¿Realmente el niño está preparado para lo que le estamos pidiendo? De lo contrario, por muy grave que sea el castigo, no podremos remediar esa conducta y causaremos en el niño mucho malestar y sentimiento de culpa. Evitemos trasmitir como indeseadas aquellas conductas que tienen que ver con su desarrollo: miedos nocturnos, control de esfínteres, celos, pataletas, etc.

  • Para no sentirnos culpables, solemos acompañar el castigo con largas explicaciones. Nos encontramos a las diez de la noche de rodillas hablándole a un niño de 3 años muerto de sueño y lleno de mocos sobre lo inoportuno de tirar un vaso al suelo. Hay momentos para todo. Hablar sobre lo sucedido cuando el niño no esté enfadado puede ser bueno, tan bueno como el experimentar que a veces hay cosas que no tienen ninguna explicación.

  • En resumidas cuentas: lo malo no es el castigo, es que nuestras acciones educativas estén guiadas por el hastío, la pereza, la rabia o la incoherencia.

 *Podéis contactar con Clara Garcia Blanch en Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

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Queridos Reyes Magos: consejos para antes, durante y después de escribir la carta

 

ANTES de escribir

  • Cuando se acerca la Navidad, dedicar una tarde del fin de semana a revisar los juguetes con tus hijos es útil además de pedagógico. Ordenar, descartar y una vez decididos, tirar, regalar o donar. Intentemos evitar dramas y ser demasiado duros, si a nosotros nos cuesta desprendernos de según qué objetos que no usamos desde hace siglos, imaginaros a un niño. Tiene que ser una actividad relajada, de lo contrario, mejor hacerla sin ellos. También en el caso de que todavía sean pequeños (menos de 5 años), esta tarea nos tocará hacerla a los adultos solos, pero resulta igualmente recomendable para no ahogarse después en montañas de juguetes.

  • Aunque queramos que piensen por sí mismos, los niños son influenciables, aprenden por imitación y suelen guiarse por los modelos que se les ofrecen. Los publicistas lo saben. Los anuncios son como el azúcar: cuanto más tarde empiecen, mejor. Se puede posponer  o reducir la exposición a anuncios de varias maneras. Una es tirar a la basura sin parar a pensarlo todos los catálogos de juguetes. Pero probablemente esos colores chillones ya habrán llamado la atención de tu hijo, antes que la tuya. Otra alternativa es mirar los dibujos por internet o en un dvd, en lugar de verlos por televisión. Si no se pueden evitar, conviene comentarlos juntos y desmitificarlos.

  • El anterior post sobre juguetes no se titulaba Menos es más en balde. Ya lo dice el refrán popular “la avaricia rompe el saco”, que en nuestro caso sería: si pides tantas cosas, quizás los Reyes no puedan traértelo todo. O directamente: hijo sólo tres cosas. Esto ya depende de vuestra forma de educar pero, en general, es muy recomendable conversar sobre las cosas que se piden con el tiempo suficiente y antes de mandar la carta.

Escribiendo

  • El niño pide lo que le atrae y seduce, lo que desea. Vosotros debéis encontrar el equilibrio entre los juguetes que desea y aquellos juguetes con los que vosotros sabéis que va a disfrutar, cosa que a veces no coincide. Ni todo calcetines y puzles, ni todo Soy Luna y la Patrulla Canina. Este es uno de los motivos por los cuales escribir la carta juntos es un acierto.

  • Escribiendo la carta se pueden aprender muchas cosas, sobre todo a partir de una edad en la que ya se empiezan a hacer pequeñas reflexiones, a escribir y a poder anticipar cosas que sucederán a medio plazo (más o menos a partir de P5 o primero de primaria). Compartir juntos el momento de la redacción sin prisas, dibujando, borrando, rehaciendo, dejándola reposar unos días, puede ser enriquecedor y muy agradable.

Cuando ya se ha mandado la carta

  • No perdáis de vista que los Reyes sois vosotros. El hecho de que esté escrito en la carta, no significa que se lo tengan que traer sí o sí. Está en vuestras manos.

  • Si los Reyes ven que te portas así no te van a traer nada. Mejor guardar esta estrategia sólo para casos extremos. En la medida de lo posible, hay que intentar dejar a los Reyes Magos en el terreno en el que están, el de la magia, la imaginación y la bondad. Por otra parte, si tiras demasiado de esta amenaza, ¿qué vas a usar el 10 de enero? Porque lo de todavía pueden volver y llevárselo todo no les acaba de convencer…

  • El escribir una carta para pedir aquello que se quiere tener sirve también para trabajar la tolerancia a la frustración (la reacción del niño cuando algo no sale como a él le gustaría). Algunos tienden a descubrir el regalo de sus sueños el día 5 de enero a las diez de la noche. ¿Qué hacer? Experimentar el hecho de que los Reyes no lleguen a todo y no cumplan siempre con absolutamente todos nuestros deseos, es comenzar a familiarizarse con algunas realidades inevitables de la vida.

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Juegos y juguetes: menos es más

Hay que jugar. Jugando se explora, se experimenta, se prueba, se aprende. El juego es una actividad imprescindible para nuestro desarrollo y además, es divertida. Los niños inician el juego de una forma muy natural, sin necesitar para ello ningún juguete específico. Cualquier cosa puede servir para desempeñar el juego deseado.

Sin embargo son muchos los juegos y juguetes que nos regalan sumados a los que queremos regalar a nuestros hijos, sobre todo en Navidad. A continuación se ofrecen algunos criterios educativos e ideas prácticas sobre la elección de juguetes y la mejor forma de tenerlos en casa.

  • Cuando compramos un juguete…: “aquí pone a partir de 5 años pero él es muy listo”. De acuerdo, pero no se trata de tener en cuenta lo más o menos listo que el niño sea, se trata de proporcionarle juegos que le estimulen conforme a su nivel de desarrollo. Sólo así el juego puede resultar una vía de experimentación, aprendizaje y diversión, que es lo que tiene que ser.
  • Hacer andar una muñeca no es lo mismo si la muñeca ya anda sola. Habrá experimentación e imaginación igual, pero más limitada. Mejor evitar la introducción en el juego de todo lo electrónico, con pilas, batería, etc.
  • Tablet, smartphone, playstation, wii...Siendo realistas, si no lo vamos a evitar, al menos intentemos posponerlo. No es lo mismo empezar a jugar a la play a los 7 que a los 10. ¿Tan malo es? No. Es malo cuando el tiempo de dedicación a ello es excesivo, es decir, impide el resto de juegos. Si el hecho de jugar con la tablet no impide poder jugar el mismo día al escondite con los amigos, a un juego de mesa en familia o a algún juego en solitario (coches, muñecas, cocina, etc), no le veo el daño por ninguna parte. 
  • ¿Qué porcentaje de juguetes usa tu hijo a diario del total que tiene en casa? Pues eso. La cantidad es relevante para el adulto, no para el niño. Somos los adultos los que habituamos a los niños a una cantidad de objetos inabarcable para ellos. En estos casos habría que plantearse a quién le hace ilusión realmente colmar al niño de juguetes. Demasiada oferta puede generar saturación, sobreestimulación, desorientación y desorden. Esto no es lo que persigue la aventura de jugar.
  • Algo que sí que atrae a los niños y les resulta estimulante es la novedad, lo desconocido. Hay familias que esconden algunos juguetes de reyes durante unos meses, evitan la saturación y en el aburrido mes de marzo aparecen en casa nuevos juegos. Intercambiar juguetes por un tiempo con algún amigo también es una buena idea. Ordenar juguetes y juegos para no tener a mano aquellos con los que no se está jugando, es una buena práctica a realizar todo el año.
  • Finalmente, no renunciéis a los clásicos. Siempre es un placer observar cómo una caja de cartón puede convertirse en coche de carreras, casa o microondas como por arte de magia.

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Es mío: forzar a tu hijo a compartirlo todo, no lo hará menos egoísta

 

Es mío. Por supuesto que es suyo, y quiere que continúe siéndolo. ¡Cuántos roces, dudas, negociaciones, trueques, chismorreos en el parque nos ha generado el tema del compartir! La solución nunca es fácil cuando se trata de un grupo de personas muy variado que se conocen poco entre sí. Nuestro deseo suele ser que los niños compartan. ¡Que compartan todo! Pero ya habrás experimentado que no siempre es posible. De la misma forma, tú prestas determinadas cosas con más facilidad que otras, y solo a según quién.

Cuando no estamos solos, el gran reto es: ¿cómo generar el mínimo de conflictos, sin por ello renunciar a mi forma de educar?

Lo que hagas para lograr este objetivo variará mucho en función de cómo sea tu hijo. Hay niños más bien tímidos, que normalmente necesitan la intervención del adulto para pedir un juguete que les gusta, o turno en el columpio. Hay niños que quitan de las manos al resto todo lo que les llama la atención (no por ello son malos, o peores, ¡por favor!). Los hay que quieren ir al parque con toda la casa a cuestas, otros con un único objeto que no pueden ceder a nadie por nada del mundo, les va la vida en ello (y a ti también porque sin él no duerme...). Están también los de la moto eléctrica, cómo no mencionarlos. La lista sería interminable. ¿Y qué pasa con los adultos? Pues que también hay de todo. La variedad en la sesión de parque pues, está servida.

¿Qué hacemos entonces con los rifirrafes del compartir?

  • Tener en cuenta la edad del niño. Por debajo de los tres años yo no forzaría a compartir los juguetes. Lo más probable es que todavía no puedan comprender lo que el compartir implica, es decir, que no están preparados para ello. ¿Y si el otro niño, o lo que es peor, la madre del otro niño lo vive mal? Pues dependerá de tu carácter. Lo más fácil suele ser encontrar una frase que justifique tu acción de forma sencilla: ahora está jugando él con el coche y no tiene ganas de prestarlo. Y encontrar una compensación: cuando deje de jugar con el coche te aviso.
  • Intervenir lo menos posible. Si has venido al parque a que tu hijo juegue, déjalo jugar. Observa tranquilamente y cuando veas asomar un conflicto, aunque te cueste un poco, espera unos segundos. Prueba a ver qué sucede si dejas que lo resuelvan entre ellos. Puede que te lleves una grata sorpresa.
  • O puede que intervenga otro padre. No te enfades. ¡Y sobre todo no le des lecciones!
  • Finalmente, asumir la posibilidad de ser los raros del parque. Se dice que el sentido común es el menos común de los sentidos...y educar requiere muchas dosis del mismo. Así que si cuando salgáis de casa vais a continuar educando según vuestros principios, resultará inevitable que alguien se extrañe, se sorprenda, o incluso juzgue. ¿Y qué?

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Rabietas: algunas claves para no desesperarse (del todo)

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Si tu hijo tiene entre 2 y 5 años y te monta una pataleta cada dos por tres, alégrate. Es una persona descubriendo su propio ser e intentando remarcar a todo el mundo que su yo, la realidad del cual acaba de descubrir, existe, es valioso, y ha llegado para quedarse.

Pero aunque las rabietas formen parte del desarrollo, no gustan a nadie. Como bien sabrás, en materia de educación no hay remedios infalibles, pero en el mundo de las rabietas podemos descubrir algunas claves que nos ayuden a lidiar con ellas:

  • Como ya hemos dicho, forman parte del desarrollo, por lo tanto, a no ser que te niegues a que tu niño crezca, no te obsesiones con que desaparezcan.
  • No te enfades. Lo último que necesita un niño con una rabieta es un adulto con una rabieta. No mostrarse enfadado no significa ceder. Aunque la escena resulte un tanto cómica, sería interesante que consiguieras transmitirle a tu hijo esta idea: “no estoy enfadado contigo aunque tú lo estés, no obstante no te compraré el helado”. El límite que ha conducido a la rabieta se mantiene siempre, pero tranquilamente.
  • El clásico: hay que ir todos a una. Intenta que la abuela en medio de la pataleta no le compre el helado.
  • Los niños parece que huelan cuando tenemos un mal día, de hecho, lo hacen. Habrá días en los que te sacará de sus casillas y chillarás, o cederás, días en los que te enfadarás de todo corazón. No te exijas tanto. No pasa nada, no es irreversible, todos sois humanos. Quizás este tipo de día no sea el más indicado para insistir en que cene lo que menos le gusta pero más le conviene…
  • El gran dilema: “cuando se ponen así, lo hacen para llamar la atención, no le hagas ni caso”. A ver…sin pasarse…Tú conoces bien a tu hijo y conoces sus límites, sus malestares, sus inquietudes. Tenlas en cuenta. Ignorarlo completamente como si no existiera, será difícil para él y para ti. En el otro extremo, echarte tú también en el suelo e intentar abrazarle (si es que lo consigues) como si de un bebé se tratara, tampoco parece ser una buena idea. El lenguaje, que es lo que probablemente tu hijo en ese momento no domina de todo, es la clave en estos casos. Háblale, pon palabras a su malestar y no le hagas preguntas, no es momento de conversar. Si te separas un poco (que no es mala idea), se lo puedes decir.
  • Desviar el centro de atención: “Mamá quiero un helado”. Respuesta: “¡Oh, mira qué coche más bonito!” A menudo no funciona, pero con un poco de teatro puede que sí, y no te cuesta nada el intentarlo…
  • Finalmente, no hagas caso de nada de lo que acabas de leer si con ello no actúas siendo tú mismo. Los niños en esta fase de descubrimiento y expresión de su personalidad, necesitan amor y seguridad. Ver a unos padres que actúen según un manual como un autómata, les inquietará todavía más.
  • ¡Y procura mantener el sentido del humor!

 

 

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